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El pecado original del kirchnerismo

La promesa de insertarse en el mundo cotiza alto en el imaginario primermundista que recorre a amplios sectores de la sociedad argentina. Demostrar que entre los pliegues de las consignas que despliegan, sin excepción, todas las fuerzas opositaras al kirchnerismo, se esconden las mismas causas que llevaron al país a la desintegración económica y social resulta, tal vez, de todas las batallas, la más dura y, a su vez, la más difícil de ganar si solo queda el kirchnerismo al frente del desafío.

 

Por Francisco Balázs*

(para La Tecl@ Eñe)

Uno de los principales ejes sobre los que se despliega el discurso neoliberal que recorre a la totalidad de las fuerzas políticas opositoras (a excepción, y por ahora, de los partidos de izquierda), da cuenta de la imperiosa necesidad de que la Argentina vuelva a insertarse en el mundo. Ahondar en la definición de este postulado es complejo; estar fuera o dentro del mundo debiera representar un desafío intelectual ambicioso que determine, en este caso, lo que significa el afuera y el adentro. Sin embargo, para los representantes del pensamiento neoliberal, su definición queda reducida a una cuestión mucho más sencilla: estar dentro del mundo significa que el país retorne al mercado de capitales con la previa bendición de los organismos multilaterales de crédito a través de la imposición del cumplimiento de sus dictámenes y de un fuerte reordenamiento en la estructura económica, productiva y social del país.

 

La delegación de la política económica a manos de los gerentes del orden económico y financiero mundial, asegura a los representantes locales el fiel cumplimiento de sus recetas a través de los controles que ejercen los organismos acreedores. La astucia neoliberal consiste en ampararse en los dictámenes del sistema financiero mundial para llevar adelante sus programas de gobierno.

 

De esta manera marcaron el rumbo del país durante décadas. La desregulación del sistema financiero librado a las reglas del mercado, la autonomía del Banco Central destinado solamente a preservar el valor de la moneda, y la reducción del Estado y el papel de su intervención en la economía, forman parte del núcleo de las propuestas neoliberales.

 

En el recetario neoliberal, la inserción en el mundo trae aparejado el arribo de inversiones extranjeras, otro de sus postulados fundantes que, a diferencia de las inversiones de capital nacional, constituyen por excelencia la vara que utilizan para decretar la confiabilidad del país y su incorporación al escenario mundial. Como ha sucedido en países de la región, que habitualmente se pretenden imponer como modelos a imitar, la inversión extranjera queda reducida al ingreso irrestricto de capital con destino especulativo, a partir del otro postulado que indica disponer de una tasa de interés elevada que disminuya la tensión que produce la expansión de la demanda. Brasil, que hasta hace poco fue la admiración del neoliberalismo criollo, llevó adelante un proceso de apertura irrestricto al ingreso de capital extranjero a partir de elevar la tasa de interés. La volatilidad de los flujos de capital, con escaso anclaje destinado al sector productivo, representó para el país vecino un crecimiento anual promedio del 2% en los últimos tres años con crecientes niveles de inflación que no se corresponden con los preceptos que dicta la ortodoxia neoliberal. El resultado de dicha experiencia fue el aumento de la primarización de sus exportaciones en desmedro del desarrollo de la pujante industria brasileña y su burguesía nacional. Es comprensible que esta ecuación de la economía brasileña resulte entonces admirable para los economistas ortodoxos y el establishment local.

 

El pecado original

 

A partir del año 2003, con los gobiernos de Néstor Kirchner primero, y luego de Cristina Fernández, se produce una ruptura definitiva en relación al proceso histórico de endeudamiento y con los acreedores del sistema financiero y los organismos de créditos internacionales. Primero en marzo del año 2005, a través del canje de deuda defaulteada por el gobierno de Adolfo Rodriguez Saa, equivalente a 81.000 millones de dólares. La quita nominal obtenida fue del 65,6 %, y tuvo un nivel de adhesión del 75% de los tenedores de bonos. La magnitud de la aceptación no tiene precedentes. Ese mismo año, en diciembre, se produjo el anuncio del pago del total de lo adeudado al Fondo Monetario Internacional, saldando, en un solo pago, 10.750 millones de dólares. A través de esas dos decisiones políticas, el país lograba reducir la impagable deuda generada por los gobiernos neoliberales anteriores y, a su vez, rompía con el gerenciamiento de la política económica regida por el FMI, poniendo fin de manera definitiva a las supervisiones de las cuentas públicas y a los dictados de las políticas macroeconómicas que se dictaban desde Washington. Ambas medidas, dinamitaron el puente que permitía el retorno al esquema de endeudamiento externo y refinanciación interminable de capital e intereses. También, cortaba de cuajo las extraordinarias comisiones que cada renegociación de deuda implicaba para los operadores financieros, locales y extranjeros. A través del imperdonable límite que la decisión política impuso al despliegue del orden neoliberal de endeudamiento endémico, he aquí el pecado original del kirchnerismo.

 

Luego, en el año 2010, llegaría el segundo quite de deuda, alcanzando al 93% de los bonistas. El 7% restante, actualmente en manos de los fondos buitres, se ha convertido en la esperanza resistente que le quiebre el brazo al rumbo de soberanía económica. La cancelación de los bonos emitidos en el canje de deuda, realizados a través de la utilización de reservas del Banco Ventral se convirtió en otra de las decisiones rupturistas e insoportables para la lógica neoliberal. La reforma de la Carta Orgánica, representó otro fuerte golpe a la lógica del funcionamiento que el estabilshment sostenía como bastión indispensable.

 

Honrar los compromisos asumidos con los acreedores externos fue una de las consignas que desde siempre, de manera amenazante, esgrimieron los apostadores al endeudamiento, y que de lo contrario la Argentina quedaría aislada del mundo. Desde el año 2003, la Argentina cumplió con todos los compromisos de pago de deuda. La falacia de honrar los compromisos adquiridos desapareció del argot de los honestos y responsables pronosticadores de catástrofes aislacionistas.

 

A un año y medio de la finalización del mandato de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, las negociaciones con el Club de Paris vendrán a dar por normalizado el proceso de desaguisados que los mismos que hoy se presentan como la opción republicana y democrática generaron durante décadas pasadas.

 

La promesa de insertarse en el mundo cotiza alto en el imaginario primermundista que recorre a amplios sectores de la sociedad argentina. Demostrar que entre los pliegues de las consignas que despliegan, sin excepción, todas las fuerzas opositoras al kirchnerismo, se esconden las mismas causas que llevaron al país a la desintegración económica y social resulte, tal vez, de todas las batallas, la más dura y, a su vez, la más difícil de ganar si solo queda el kirchnerismo al frente de semejante desafío.

 

 

*Periodista

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