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Analfabetismo ambiental

Argentina no posee una tradición eco-pedagógica y esto se ve reflejado en que no ha existido en nuestra historia una educación sistémica enfocada en los problemas ambientales. Las iniciativas públicas suelen surgir más de situaciones coyunturales que de un encuadre estructural a partir de políticas preventivas orientadas hacia una indispensable ecologización de la sociedad y la consiguiente eco-defensa colectiva. En la prensa comercial, lo “ecológico” tiene más vinculación con las malas noticias que con el desarrollo de una eco-cultura preservadora, mitigadora, saludable y “verde” en el sentido más biológico posible.

 

 

Por Miguel Grinberg*

(para La Tecl@ Eñe)

Nuestro país no posee una tradición eco-pedagógica. ¿Qué significa esto? Indica que no ha existido en nuestra historia una educación sistémica (integral) enfocada al mismo tiempo en los problemas ambientales que surgen de:

 

  • crecimiento desordenado de grandes enclaves urbanos (con obvios problemas de saneamiento: abastecimiento de agua potable, servicios cloacales y tratamiento primario y secundario de aguas servidas);

  • escasez de explícitas políticas municipales preventivas ante la contaminación ambiental provocada por actividades industriales, basurales domésticos, efluentes tóxicos, humos negros, residuos patológicos, insumos agroquímicos, explotación petrolera y minera, tráfico automotriz descontrolado, emanaciones de hidrocarburos, residuos radiactivos, cambios climáticos y accidentes tecnológicos;

  • desinformación persistente de la ciudadanía;

  • ausencia de orientación fundamentada en los medios de comunicación social;

  • omisión del tema a nivel operativo en las plataformas de los partidos políticos (con reflejo expresivo en la actividad parlamentaria);

  • e inexistencia de planes educativos confluyentes a nivel primario, secundario y universitario (con miras a la creación de una Universidad Nacional de Ciencias Ambientales).

 

A grandes rasgos, las iniciativas públicas suelen surgir más de situaciones coyunturales (un derrame tóxico accidental, la muerte masiva de peces, el incendio de masas boscosas o la quema intencional de pastizales, por ejemplo), que de un encuadre estructural a partir de políticas preventivas que se focalicen dando orientaciones para una indispensable ecologización de la sociedad y la consiguiente eco-defensa colectiva.

 

En la prensa comercial, lo “ecológico” tiene más vinculación con las malas noticias (desastres, inundaciones, sequías) que con el desarrollo de una eco-cultura preservadora, mitigadora, saludable y “verde” en el sentido más biológico posible. Abundan los vaticinios sombríos sobre el recalentamiento de la atmósfera o eventuales tsunamis, como si se tratara de nuevos argumentos de obras de cine-catástrofe. Pero se omiten problemas cotidianos que afectan la salud de mucha gente. Por ejemplo, el ozono de superficie y las micropartículas en suspensión (conocidas también como PM10 y PM2.5 o simplemente “particulado”) 

 

Hace tiempo que el “agujero de ozono” desapareció de los titulares amenazadores. ¿Desapareció el problema? De ninguna manera. Sencillamente, dejó de tener rating. De todos modos, era algo que se producía (y se produce) lejos, en la tropósfera terrestre. En cambio, el ozono de superficie aparece en nuestras grandes ciudades, a la altura de nuestras narices. Los expertos remarcan que dicho contaminante agrava enfermedades respiratorias y cardiovasculares, incentiva el asma, induce la bronquitis crónica y la anemia, irrita la vista, desestabiliza las funciones cerebrales, e inclusive trastorna la conducta de las personas. También se lo denomina “smog fotoquímico”.

 

¿De dónde sale? Emana de una serie de reacciones químicas complejas debidas a la acción de los rayos solares sobre los gases emitidos por los caños de escape de los vehículos (óxidos de nitrógeno, monóxido de carbono, bióxido de azufre, y otros compuestos orgánicos volátiles como el benceno (que se libera en el aire cada vez que alguien carga nafta en una estación de servicio), el percloroetileno (principal disolvente usado en la industria del lavado en seco) y el kerosene de aviación que queman las líneas aéreas de transporte. Los óxidos de nitrógeno también emanan de las centrales termoeléctricas y de la combustión a altas temperaturas de fundiciones y otros grandes establecimientos industriales. Otros compuestos orgánicos volátiles se usan comúnmente en disolventes de pintura y de laca, repelentes de polillas, aromatizantes del aire, materiales empleados en maderas, preservadores sintéticos, sustancias en aerosol disolventes de grasa, productos de uso automotor y la quema de maderas ricas en resinas.

 

Especialmente durante los veranos, el ozono de superficie afecta seriamente la vida de muchas personas (irrita primero la mucosa nasal y reduce después el volumen pulmonar) que recorren las calles y las avenidas de las grandes ciudades, mientras sumado al óxido de nitrógeno forma “lluvias ácidas” que al precipitarse perjudican la vegetación ornamental y los cultivos alimenticios. Su capacidad destructiva es tan grande, que en la ciudad de México –una de las capitales más contaminadas del planeta– han dañado en profundidad a numerosos monumentos de hierro y de bronce.

 

El “particulado” que flota insidiosamente en las metrópolis consiste en micropartículas sólidas o líquidas de polvo, hollín, amianto (de las pastillas de frenos de los vehículos), caucho (del desgaste de los neumáticos), cenizas, cemento, polen, metales pesados, y otros materiales difusos, cuyo diámetro varía entre 2,5 20 micrómetros. No son perceptibles a simple vista (son cien veces más delgadas que un cabello humano). Un micrómetro equivale a la milésima parte de un milímetro. Las partículas grandes miden entre 2,5 y 10 micrómetros (PM10) y las pequeñas son menores de 2,5 micrómetros PM2.5).

 

Cada grupo de partículas proviene de materiales dispares y de lugares distintos. Cuanto más pequeñas son, más las arrastra el viento a grandes distancias. Las PM10 consisten en tierra y polvo (de obras en construcción), humo y tóxicos de fábricas, de la labor agrícola y el trazado de autopistas (y su consiguiente desgaste), mohos, polen, esporas, molienda de rocas, recorte de baldosas, pulido de metales, rociado de insecticidas y herbicidas, etc. Las PM2.5 provienen de compuestos orgánicos, metales pesados, quema de arbustos y maleza, incendios forestales, actividades mineras, demolición de edificios, etc.

 

Muchos casos de tos persistente, jadeos y dificultad para respirar se deben (separados o combinados) al ozono de superficie y a las micropartículas, que se ensañan –claro está– con los niños pequeños y con los ancianos, con quienes padecen asma (u obstrucción bronquial), pues paulatinamente se dañan los pulmones, donde asimismo decae su capacidad para despejar agentes infecciosos.

 

En megalópolis como la ciudad brasileña de San Pablo, diariamente la CETESB (Compañía de Tecnología de Saneamiento Ambiental) posee estaciones medidoras na Região Metropolitana de São Paulo, Cubatão, Campinas, São José dos Campos, Sorocaba y Paulínia, además de estaciones móviles. Esta red, conectada a una central de computadoras por vía telefónica, registra sin interrupción las concentraciones de los contaminantes del aire. Estos datos son procesados en base a promedios establecidos por pautas legales y las previsiones meteorológicas, que indican las condiciones para la dispersión de los agentes nocivos. Son puestos a disposición de hora en hora en la Internet, y con un boletín diario, elaborado a las 16 horas, presentando la situación de las 24 horas precedentes. Ese boletín es divulgado por Internet y enviado a la prensa en general. El sistema monitorea partículas inhalables, dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno, monóxido de carbono, hidrocarburos y ozono superficial, y sus mediciones ayudan a los ciudadanos vulnerables a no exponerse durante las jornadas críticas.

 

En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la Agencia de Protección Ambiental (de no muy distante creación en la órbita municipal), anunció la instalación de cuatro estaciones para la captura y análisis de muestras de contaminantes presentes en el aire. Ello se sitúa en el marco de la Ley Nº 303 de Acceso a la Información Ambiental (de 1999), que fue reglamentada recién en agosto de 2006 por el decreto Nº 1.325. La página respectiva del Gobierno de la Ciudad expone sus objetivos, pero en lo referido a los resultados expresa enigmáticamente que “a partir que el sistema esté funcionando en su totalidad los datos podrán consultarse en un portal web destinado a tal fin.” Este anuncio ya fue realizado durante los mandatos de los Jefes de Gobierno (De la Rúa, Olivera, Ibarra, Telerman y Macri), sin que los vecinos porteños hayan recibido en su momento la mínima información.

 

En el resto de América Latina, desde Temuco (Chile) hasta el Distrito Federal de México, las campañas de verificación han indicado que las mediciones de contaminantes superan habitualmente los valores de las normas de seguridad. Nada permite imaginar que ello no sea así en algunos barrios de la Capital Federal, donde nunca se mencionó la necesidad de controlar en las estaciones de servicio las emisiones de gases de hidrocarburos (evaporativos de naftas), precursores del peligroso ozono de superficie, medida obligatoria en Estados Unidos, donde estudios diversos afirman que respirar aire contaminado con gases de benceno inflige daños genéticos ligados a la leucemia infantil.

 

El ozono de superficie y el particulado son al mismo tiempo fenómenos estructurales y coyunturales. En el primer caso, porque nada se hace para disminuir las emisiones gaseosas que se trasforman en smog fotoquímico. Sólo se mide la magnitud de su presencia perniciosa. En el segundo caso, porque nunca existieron políticas de control, prevención y educación pública.

 

El corolario inequívoco consiste en considerar el potencial existente en la comunidad para ir en dirección de una Sociedad Ecológica, con inversiones substanciales en investigación y desarrollo tecno-científico. Limitarse a medir los daños causados no es el mejor camino para fomentar la alfabetización ambiental, la salud en general y la minimización de los riesgos conocidos y por conocer.

 

*Autor de los libros Ecofalacias - El poder transnacional y la expropiación del discurso "verde" (Ed. Fundación Ross) y Nuestro futuro indómito - Afirmación de la existencia humana como poder visionario (Ed. Ciccus).

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