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Politología del camino: carrefour y volantazo

Ilustración: Jacobo Maccsi

El ámbito de la política nacional se encamina hacia una encrucijada arrolladora, que sin aspavientos podríamos llamar “histórica” pero actuada, salvo excepciones evidentes, por personajes aleatorios  que,  sin embargo, adquirirán dimensiones escénicas vibrantes. Esta coyuntura  que significa el nombre de Scioli en la política nacional, escribe una historia de doble faz, pues ni era el eslabón que se pensara en términos de tramos políticos acoplados con mayor coherencia, y por otro lado “está ahí”.

               

Por Horacio González*

(para la Tecl@ Eñe)

Un gesto de adecuación inesperado, siempre está presente en la vida política. Es un dilema, pues la adecuación contiene elementos que no estaban en nuestro bagaje anterior, al que ahora, se dice, deberíamos adaptarnos. Si hay realmente un lenguaje político al uso, es éste que nos lleva a pedir o a inventar justificaciones para los repentinos cambios de rumbo, que estamos dispuestos a emprender sin que los hubiéramos previsto y sin que nos gusten. Frases célebres para justificar tales cimbronazos, figuran en todos los folklores políticos del mundo. “Tragar un sapo todos los días”, les gana a todas por un poder gráfico obtenido en jornadas bien conocidas de la historia nacional. El tema de fondo es la libertad del político, esto es, la pregunta si en el compromiso político impera siempre un sistema de necesidades que hace de toda elección un acto condicionado. O bien: la selección de una vía de acción que sin contar con nuestra voluntaria satisfacción, se realiza como toda opción: como libertad en la necesidad.

 

De ahí que prosperen en los lenguajes políticos expresiones como volantazo y otras, que son metáforas del raudo vivir diario, las que en todo tiene que ver con lo que estamos dispuestos a comprender de la política. Cuando vemos venir una mole de frente, damos un giro inesperado, entre el albur y la tragedia, con nuestro propio vehículo. Un cambio brusco de dirección puede salvarnos y nadie nos reclamará que lo mejor hubiera sido seguir el paso rectilíneo que auguraba una colisión fatal. No obstante, son metáforas que si en la ruta álgida conviene seguir con espíritu de salvataje, en la realidad política podemos omitir de practicarlas para resguardar una trayectoria. ¿Qué es una trayectoria? Léase cualquier biografía de hombres y mujeres interesantes. La idea de trayectoria está cruzada de íntimas refutaciones, incertezas, pensamientos ocultos que chocan con lo expresado públicamente y actos de constricción que a menudo son lo más sugestivo que tiene una vida. Una trayectoria es necesaria pero imposible.

 

Pero en la vida política –o en los más ingenuos o reiterados recintos donde suelen darse “premios a la trayectoria”-, lo que impera es una idea gentil de sumatoria de actos no necesariamente coherentes entre sí, pero que por razones que están siempre dispuestas a condescender con el hecho de que un gesto brillante puede disipar algunas apostasías anteriores,  la biografía del caso se presentará como un arquetipo irreprochable. Podría decirse en este caso que una trayectoria es una suma de “volantazos suaves, dados de una manera casi imperceptible”, que hace de las adecuaciones necesarias un arte del buen vivir. Lo contrario, implicaría una rigidez existencial que no sería recomendable ante la fácilmente reconocible característica de los tiempos, que son –bien lo sabemos-, inestables e imprevisibles. Esta discusión ocupa sus buenas páginas en el célebre escrito “El Príncipe”. Hecha de otra forma, ocupó todos estos años de kirchnerismo, donde lo que se debatió es si los gobernantes tomaban temas prestigiosos bajo repentinas fórmulas miméticas (el “volantazo”) a fin de ocultar sus “verdaderos intereses”. La idea de interés que se les adjudicaba era la menoscabante noción de muchos autores clásicos: no el interés desinteresado, sino un interés de reproducción de sí mismos, una autocracia con variados despliegues ficcionales, incluso el de ecos de los grandes momentos revolucionarios del pasado, a fin de justificarse.

 

En verdad, si por un momento no abandonáramos esta fácil alegoría del “volantazo” (que si la complejizamos al máximo, explica muchas, no todas, de las actitudes frente al nuevo Papa), podríamos decir que ni cualquiera está en condiciones de darlo, ni que haya hoy entre nosotros un conjunto real de conocimientos invocables para apartarnos de la carga indeseable que tiene este sorpresivo gesto automovilístico: desesperación de último momento encubierta en el modo habitual del realismo político, en sus múltiples versiones y ejemplos, todos a la mano. Al volantazo le podemos adjuntara la idea de Carrefour, conocido nombre de una empresa francesa que suele situar sus supermercados en las afueras de la cuidad (en “los cruces de ruta”; en las “encrucijadas”), idea por la cual la elección es dramática y ocurre entre varias posibilidades. La fenomenología de la compra es así; lo saben bien ellos. Al situarse ensoñadamente al borde de los caminos –y no importa que estén en el corazón de las ciudades- el misterio de las góndolas es un proyecto persistente de develación que debe hacer el comprador ante la diversidad de mercancías que lo miran diciéndole “elígeme”, esgrimiendo diferencias ilusorias que la ciudadanía ya posee asimiladas, pues se beben en las profundidades de la conciencia colectiva. En la política –en su ser lleno de estrías imprevistas- estamos siempre ante hechos parecidos. Hay que elegir, y en lo íntimo de nuestra capacidad electora, sentimos que se nos puede presentar el drama de elegir sin que las diferencias reales se nos presenten, o que se presenten apenas bajo la forma de matices irrisorios. El debate se desliza imperceptiblemente hacia la importancia, o al contrario, la irrelevancia, de esos pequeños matices.

 

En esta “politología del camino” siempre podríamos decir que los dos contrincantes principales son dos versiones “de lo mismo”, “una falsa opción”, o “pares complementarios que forman sistema entre sí”. Podríamos hacer la historia de una actitud de este tipo, donde se peticiona una “tercera fuerza” que rompa las “falsas antinomias”. Esta historia es en parte la historia de las izquierdas argentinas, pero el frondizismo, y ciertos sectores del nacionalismo de antaño, apelaron también a este concepto. Hoy en día toda fuerza política “instalada” –con perdón de este concepto ya impuesto, pero sin duda tomado de la ingeniería sanitaria-, no quiere resignar su pasado de “tercera fuerza” entre las “variantes del establishment”. El kirchnerismo, notoriamente, es fuerza primigenia electoralmente –cualquiera sea su suerte futura-, pero no quiere perder sus márgenes y orígenes radicados en los bordes (territoriales, simbólicos, identitarios) de la historia política popular. 

 

Si descartáramos el difícil volantazo, y nos limitáramos a la sugestiva idea de "Carrefour”, sin duda el ámbito de la política se encamina hacia una encrucijada arrolladora, que sin aspavientos podríamos llamar “histórica”, pero actuada, salvo excepciones evidentes, por personajes aleatorios, de alguna manera casuales. Que sin embargo, adquirirán dimensiones escénicas vibrantes. No superarán en su “encrucijada” una “oferta” de lo que podríamos llamar el “mal menor”, que no estará solo de un lado. Pues si es admisible que para las expectativas del kirchnerismo (que tocó todos los puntos de tensión de la vida nacional, de todos los modos que eran previsibles o imprevisibles, y obligó a retomar temas e idiomas inesperados) votar a Scioli sería un “mal menor”, el “republicano de izquierda” que puede decidirse por Macri también actuaría bajo tal consigna, que tal vez sea el enigma mayor y no develado de toda moral política. El “mal menor” es lo impensable. Es un mal, pero sometido a gradaciones que nos inferiorizan cuando las tomamos y creemos que pueden salvarnos de caer en la indiferencia o el desapego (como los personajes de la gran novela de Jorge Consiglio, “Pequeñas intenciones”) o bien, cuando escapamos de ese “mal” al pagar un “precio alto” (otro concepto “inexplicable” de las metáforas mercantiles de lo político) por acompañar el pensamiento de las izquierdas prácticas, que ofrecen reflexiones de ensambles drásticos –a veces cercanos a la razón instrumental- a costa de perder las gamas surcadas de heterogeneidad que arman la completa vida social universal. Por eso, esta coyuntura (o como mejor se diría ahora, este “acontecimiento”) que significa el nombre de Scioli en la política nacional, escribe una historia de doble faz, pues ni era el eslabón que se pensara en términos de tramos políticos acoplados con mayor coherencia, y por otro lado “está ahí”. El “estar ahí” (“siempre estuve ahí”) es una fuerza contrapuesta a la emergencia inesperada de algo que traía, en su larga espera, novedades varias. La Argentina merece una historización más densa del concepto de “estar ahí”. Al parecer, esa será la encrucijada, intersección o dilema, con el que miles y miles deberán enfrentarse, si no se verifica algo parecido a los siempre desafiantes volantazos, que nunca tiene fáciles explicaciones a la vera del camino.

 

14 de Junio de 2015

 

* Sociólogo, ensayista y escritor. Director de la Biblioteca Nacional

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