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El debate televisivo entre candidatos: Sumas y restas

Hay una suerte de exaltación sin medida sobre la utilidad e importancia de debates directos entre candidatos presidenciales, al punto que hay varios proyectos de ley al respecto. Las experiencias de otros países no garantizan resultados positivos o negativos. Y, sobre todo, hay que ver si no son usados para adormecer y hasta extinguir el activismo político partidario.

 

 

Por Hugo Muleiro*

(para La Tecl@ Eñe)

Los proyectos para volver obligatorios los debates de candidatos presidenciales abren la posibilidad de debatir sobre el conjunto de las modalidades de construcción política en el país, una forma en la cual las acciones, a través de los medios de difusión, tienen gran supremacía en detrimento de otras modalidades.

  

Quienes se pronuncian a favor de los debates no lo hacen con una postura única y coincidente, pues los motorizan ideas y estrategias diferenciadas.

  

A lo largo del tiempo no faltaron, en esta discusión, afirmaciones según las cuales los debates entre candidatos constituyen per se un procedimiento que hace mejores a las campañas y, con ello, a la democracia misma. Sin embargo, hay infinidad de ejemplos que hacen pensar lo contrario, o dicho de otro modo, hay numerosas democracias de baja intensidad, con participación escasa, desequilibrios gravísimos en la distribución de la riqueza y nula evolución en la obtención de derechos nuevos, que tienen, sin embargo, sus debates debidamente televisados.

 

Una recorrida somera podría comenzar por México: Allí se denunció que los debates durante la campaña que llevó a la presidencia a Enrique Peña Nieto, fueron realizados con una manifiesta manipulación de técnicas televisivas, de manera de favorecer al postulante luego ganador, co-responsable de un verdadero desastre humanitario.

  

Hay debates televisivos entre candidatos en Chile, por acuerdo entre partes y no por ley, y así ocurrió en la última campaña; pero eso no representa el pasaporte a una calidad democrática mejor: Basta salir a la calle tímidamente a hacer cualquier petición para que venga un policía a gasear y dar palazos, detener indiscriminadamente, avasallar recintos como las sedes universitarias y abusar sexualmente de mujeres y adolescentes en los camiones en que son llevadas a las comisarías. Chile no se desprendió aún de numerosos lastres impuestos al país por la dictadura del genocida Augusto Pinochet (1973-1990), y tal vez sea por eso que las derechas continentales admiran tanto el sistema político de ese país, y no les preocupa que el gobierno sea ejercido por una fuerza que se hace llamar socialista.

  

Uruguay, a menudo contrastado políticamente con Argentina como poseedor de una democracia de mejor calidad republicana, menos tensa y más previsible, no realiza debates de esta clase. Es habitual que el candidato que según las encuestas va perdiendo reclame el endiosado debate ante las cámaras, en tanto el que va ganando no se incline a aceptar el desafío.

  

Así ocurrió en 2014: los partidos derechistas, Blanco y Colorado, desafiaron a Tabaré Vázquez  porque lo veían dirigido claramente al triunfo. El doctor no aceptó.

 

Tampoco en Brasil hay ley que obligue a los debates, aunque suelen hacerse y nadie en su sano juicio podría decir que garantizan calidad democrática: Fueron groseramente manipulados, como confesaron gerentes televisivos privados, para favorecer a los candidatos derechistas contra Luiz Inacio Lula da Silva. El candidato preferido, con más luz, en su mejor perfil, enfocado cuando su gesto era acorde a lo que la industria considera apropiado; el otro desde el ángulo que menos lo favorece, menos luminoso y, en lo posible, enfocado con lo peor de su gestualidad.

  

No obstante, esto debe ser mirado en su contexto. Con climas, escenografías  y modos en los que tiene supremacía la industria televisiva por sobre el mensaje de lo político, y con tiempos brevísimos y muy controlados, estos debates permiten un momento, un toque efímero de politización en Brasil, contra una rutina impuesta por el modelo del grupo monopólico Globo en el que imperan el pasatismo, los productos con mensajes encriptados para reivindicar estructuras sociales desiguales, como ocurre en los conocidos culebrones, y ausencia de debate. De hecho, esta emisora que se impone en todo el país, no tiene en su programación un solo programa de discusión o comentarios políticos, lo que la mayoría de los demás canales de TV abierta replican casi con obediencia.

  

El debate de ideas, la confrontación política deseable en cualquier democracia participativa, están proscriptas en la televisión de Brasil, como afirma el periodista Darío Pignotti, corresponsal de Página/12. En suma, hay debate de candidatos, pero eso no está dando ninguna garantía de calidad democrática.

  

De modo que aquí el resultado dependerá de las modalidades, las emisoras que sean elegidas, los conductores o periodistas, y mil factores más.

  

Aún si las condiciones fueran las mejores imaginables (debate en un espacio público, televisación disponible para la emisora que desee tomarla, tiempos suficientes para que los candidatos expresen verdaderamente ideas y programas), la supremacía otorgada a esta modalidad va en detrimento de otras: la plaza pública, las grandes concentraciones, los candidatos reuniéndose en lugares y escenarios que no sean previamente preparados para que no afronten el menor sobresalto ni una discusión o pregunta incómoda, la disponibilidad de una militancia capaz de representarlos y expresar su proyecto.

  

Es una paradoja que en una época en que el rol de los medios de difusión está en debate y puesto en duda, y para los cuales es deseable un período de redefinición, en el que haya posibilidad de enhebrar un nuevo contrato con los receptores para que ingrese el imperativo de la honestidad y transparencia de los mensajes, se abra esta posibilidad para que ellos sean un instrumento central en la definición de una campaña presidencial.

 

 

*Escritor y periodista. Presidente de Comunicadores de la Argentina (COMUNA).

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