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Carta III a Jorge Alemán

En esta nueva carta que nutre la conversación entre Ricardo Forster y Jorge Alemán, Forster plantea la construcción de una reflexión compartida que sea capaz de desentrañar el camino recorrido bajo la reciente experiencia populista en la región, sus tensiones y contradicciones, sus oportunidades, sus límites, sin ahorrar argumentos, herencias teóricas y lenguajes que eluden el facilismo de explicaciones que sirven para todos los tiempos y todos los lugares.

 

Por Ricardo Forster

(para La Tecl@ Eñe)

Querido Jorge:

 

Tenía ya escrita esta tercera carta cuando de nuevo la lógica de la calle, la incidencia del acontecimiento, se hizo presente mostrando, una vez más, que nada es eterno y mucho menos el poder neoliberal. Multitudes salieron a manifestar su absoluto rechazo a una ley previsional que descarga sobre los jubilados el peso del ajuste más brutal. Entre el jueves 14, cuando una muchedumbre se manifestó en medio de una militarización impresionante que desató una represión terrible, y el lunes 18 cuando nuevamente miles y miles rodearon al Congreso mientras sesionaban los diputados y al caer la noche otras decenas de miles salieron a las calles desde todos los barrios, algo decisivo, viejo y nuevo a la vez, asumiendo memorias de lo ya vivido pero bajo la impronta de lo actual, se expresó marcando, tal vez, una inflexión cuya hondura se verá en los próximos tiempos. Por suerte, la materialidad imprevista de una historia que sigue viva viene a sacarnos de pasividades y angustias, de falsas perpetuaciones de sistemas horrendos que también sufren el golpe de la realidad; ni el mayor blindaje y protección mediática jamás vivida en nuestro país lograron cerrar los caminos de la protesta y la rebelión. Por los intersticios del bloque represivo y mediático se colaron, otra vez, las multitudes que hacen historia. Ya encontraremos el momento para discutir sus alcances, sus deudas con los años del kirchnerismo, su capacidad o no de resquebrajar el cuerpo del poder macrista. Ahora, regreso al cuerpo de esta carta que, como las tuyas, no buscan polemizar, diferenciar, pelear desde posiciones enfrentadas, sino que busca construir una reflexión compartida que sea capaz de desentrañar el camino recorrido, sus tensiones y contradicciones, sus oportunidades, sus límites sin ahorrar argumentos, relevamientos, herencias teóricas y lenguajes que eluden el facilismo de explicaciones que sirven para todos los tiempos y todos los lugares.

 

Quisiera empezar esta carta citando a Nicolás Casullo que, me parece, sintoniza con tus últimos comentarios:

 

“La pregunta por Europa que me hacia tiene que ver fundamentalmente con lo inevitable de una particular comprensión intelectual sobre este tiempo, el nuestro. Tiempo que se distancia de la historia, de formas habidas de praxis apretadas con ella, y que obliga a inéditas perspectivas intelectuales, a redimensionamientos y nuevas mesuras del mundo histórico de las ideas. Hoy, como nunca antes, no hay posibilidad crítica de obviar los transcursos, las arqueologías de tales ideas. De aquello que no solamente somos, individual, colectivamente, sino en cuanto a lo que fueron —pero ya sin que portemos ismos simplemente receptores— los tiempos, geografías y ‘cielos de ideas’ que el viento de un largo siglo barre en su final. Despedida y reencuentro con el siglo XX, que en nosotros comienza a quedar atrás, en esta dimensión, desde 1976, y para un pensar europeo hegemónico, con la caída del muro en 1989. En esta experiencia de las desarticulaciones de época, también nuestra relación con Europa se nos representa bajo el manto de esa recelada comprobación de una posthistoria: de un cierto y categórico mundo moderno ocurrido (que nada tiene que ver con un peregrino ‘fin de la historia’).

N. Casullo, “Nuestro siglo ‘Europa’: país y biografía”

 

Cuando estaba por concluir el siglo XX, ese mismo en el que abrevamos apasionadamente de las tradiciones libertarias y revolucionarias europeas, con los compañeros de la revista “Pensamiento de los confines” pensamos que se volvía necesario hacer un balance de nuestras deudas (incalculables) y de los límites (cada vez más ostensibles) que habíamos adquirido con esas escrituras y esas ideas sin las cuales nuestras biografías se volverían espectros vacíos. Sentíamos que una suerte de ligazón estaba llegando a su fin, que todo aquello que había configurado nuestra visión del mundo, nuestra sensibilidad teórica y política había encallado en medio de las brumas de una época de derrotas y desolación. Que Europa, aquella de la opulencia neoliberal que cerró su trágico siglo XX haciendo abstracción de sus ilusiones y de sus barbaries, ya no tenía nada para decirnos, que estaba seca, mustia, que sus grandes escrituras habían quedado a nuestras espaldas.

     

Rescato –del baúl de la memoria de aquel tiempo de cruce y tránsito sin brújula para orientarnos– algunas reflexiones escritas en el número de noviembre de 1999 de Pensamiento de los confines en el que decidimos hacer un dossier cuyo tema principal sería precisamente la despedida de Europa. Presentíamos que estábamos cruzando un umbral, que mucho de lo que nos había formado se alejaba hacia el crepúsculo, que Europa, nuestra Europa de la herencia revolucionaria y del pensamiento crítico, se volvía pasado no porque sus tradiciones ya no contuvieran nada significativo –eso me parece una idea absurda y pueril hoy como ayer–, sino porque en el presente, en esa actualidad de fin de siglo, no nos sentíamos representados por sus ideas dominantes, por su intento de cerrar los expedientes de aquella otra época en la que la historia se ofrecía como el ámbito de las disputas y los ideales contrapuestos. Veíamos un continente fatigado que se desentendía de sus antiguos fulgores quizás todavía influido por el recuerdo de sus violencias o, más trivial, por el confort de las opulencias del capitalismo de consumo. Lo que antes nos había incitado e iluminado, carecía, ahora, de intensidad y desafío. Así como Europa borraba de su agenda nuestro tercermundismo, nosotros concluíamos que debíamos buscar las nuevas palabras en otros lugares.

Casullo comenzó su ensayo, en el número de cierre de 1999, describiendo su visita a Sicilia con palabras que, hablando del sur italiano, giraban metafóricamente hacia su propia representación de una Europa crepuscular y mortecina: “la ciudad murió hace mucho. Ya no es enjuiciada ni amada por hombres que la supieron allá arriba, noble y estrecha”. Y más adelante daba un paso todavía más distanciado al señalar que “preguntar por Europa es interrogarse por la forma que adquirió elucubrar sobre la historia y sus mapas conducentes, por el esqueleto donde apoyan los discursos, las diatribas y las confrontaciones con ella misma en los siglos. La pregunta apunta a lo más concreto y etéreo de una preocupación intelectual crítica sobre lo actual, esto es: si aquella historia de un pensar obsesivo que hincaba sus dientes en la redención de la propia historia secularizada, si ese transcurso de autores magnos que nos hicieron en disparidad crítica con ellos mismos, no son ya un pretérito incansablemente reesgrimido para postergar la conciencia de la defección de Europa, en este caso en nosotros y en la cultura, suplantada cada vez más por la argamasa de tecnosaberes en la horma fundamentalista yanqui para estudiar culturalmente el mundo bajo currícula (…). Pero esta interpretación de lo fantasmático que ocurre con lo que ya no estaría, esconde a su vez, para nosotros, otro aspecto, también postergado por las inercias de los campos disciplinarios que hoy predominan como rutina investigativa, astucia de becas y viajes académicos: la extinción de nosotros en el cuadrante ideológico europeo, que ya no piensa en América Latina, a contrapelo de lo que había sido la experiencia de mi generación hasta el arribo de los años ochenta”[1]. En el final del ensayo, cuando la melancolía parecía precipitarse en una escritura de la despedida, dejará completado el adiós: “La figura del hombre del inicio no es hoy el postrer camino encontrado, es una pregunta en abismo y la diáfana respuesta de que hemos llegado exactamente a ninguna parte de las tantas pretendidas. Días de Sicilia, diálogo ya con ninguno. Sin duda volveré alguna que otra vez a Europa, compraré libros en las viejas metrópolis, pero esta tierra al borde es como un adiós a lo mejor sin saberlo”. Cierre de una relación fundamental que exigía, así lo intuíamos en el giro del siglo XX, volver nuestras miradas (tantas veces posadas sobre lo mejor de la tradición europea) hacia las entrañas de nuestro continente sabiendo que algo se había quebrado irremediablemente. Claro que no se trataba, como siempre sostuvieron algunos dispuestos a arrojar al fuego de la ignorancia herencias y tradiciones fundamentales y fundantes de nuestras derivas por la historia, de “olvidar”, como si nada hubiera sucedido, esas influencias que dejaron huellas demasiado hondas en nuestras memorias y en nuestra geografía sureña. La de Casullo fue más una mirada melancólica ante la disolución de ese mundo al que tanto amó que una pueril reivindicación de una autoctonía que le resultó indiferente e imposible. A él le importó recorrer esas huellas que, de modo inevitable, lo conducían hacia el pasado europeo aunque sabiendo que de los antiguos fuegos ya apenas si quedaban cenizas. Reclamaba la necesidad de apropiarse, bajo el amparo de nuestras propias vicisitudes, de aquella parte todavía imprescindible de esa herencia, como si de ella pudiese extraerse ideas y sensibilidades capaces, todavía, de interrogar con espíritu crítico los tiempos latinoamericanos actuales pero sabiendo, a su vez, que nada volvería a ser igual. Europa, en todo caso, se volvió anacrónica, su tradición entró en esa dimensión extraña de lo fuera de tiempo y, precisamente por eso, asumió, para quienes nos reunimos en torno a la revista cuando el siglo se acababa y no alcanzábamos a vislumbrar todavía (aunque sordamente lo intuíamos) lo que se desplegaría en Sudamérica en los años siguientes, un carácter irrenunciable y revitalizador para seguir remando contracorriente.

    

En ese mismo número escribía al final de mi ensayo y haciéndome eco de la despedida casulleana: “Ahora, cuando el siglo se cierra, no esperamos nada de la actualidad intelectual europea. En todo caso giramos nuestras miradas hacia tiempos y pensadores que ya no pertenecen al presente de una sociedad apagada y sin escrituras que puedan volver a ofrecerse como puntos referenciales. Por eso, quizás, y cuando la profunda crisis de sentido que atraviesa la época se abate sobre nosotros dejándonos sin palabras adecuadas para campear la tormenta, elegimos pensar algunas escenas que nos permitan entender algo, aunque sea mínimo, de lo que nos acontece. Volver a la historia de nuestro siglo que concluye es un modo de interrogar por qué nos hemos quedado sin legados o por qué aquella geografía que tanto significó para nosotros hoy nos ha dejado de incitar y apasionar. Europa es un recuerdo, sus tradiciones que ya no representan su actualidad se vuelven, para nosotros, urgencia allí donde nos ofrecen las claves para intentar pensarnos; en todo caso, Europa se ha convertido en un baúl del que estamos obligados a sacar tesoros que la época destina al museo o a la universidad”[2]. Un cierto duelo que se nos volvía necesario en una época que no parecía ofrecernos ninguna claridad respecto a las posibilidades de revertir el dominio de un neoliberalismo que se mostraba todopoderoso e imbatible. A veces olvidamos las circunstancias en las que nos encontrábamos. Crisis del sentido, derrumbe de las grandes tradiciones emancipatorias, evaporación del nombre que había sido el santo y seña de dos siglos de combates y utopías: revolución. Nos sentíamos como los personajes de Esperando a Godot, intuyendo que todo se iba a pique pero sin imaginar qué sería de nosotros, de qué modo podríamos campear el temporal. Presencia y ausencia de Europa, de sus legados, necesidad de revisarlos y distanciarnos sabiéndonos herederos y críticos de ideas atravesadas por el fuego arrasador de las derrotas y las perplejidades. Y fue en ese contexto finisecular, brumoso, cuando la materialidad de la historia vino a imponer, una vez más, sus exigencias y a abrir las perspectivas de una nueva apuesta sin garantías de arribar al puerto de la felicidad y la salvación. Se trataba, otra vez, de mirar hacia América Latina, de interrogar por las vicisitudes de un continente saqueado que, sin embargo, seguía guardando, en su alma irredenta, memorias y desafíos a contrapelo de las estéticas del fin de la historia y la muerte de las ideologías.

    

En algún punto, Jorge, Europa, sus mejores tradiciones emancipatorias, revivieron en el sur del mundo asumiendo, paradojas de la vida, la forma maldita del populismo. Otras interpretaciones nacidas de nuevas prácticas que, como bien decís, se distanciaban de “ismos” oxidados y que nos recordaban que, por suerte, lo espectral no es sólo una cáscara vacía, un recuerdo de lo imposible, sino una actualización, bajo las condiciones de cada época, de lo soñado y deseado por generaciones anteriores. Europa, sin dudas, es lo espectral que nos sigue hablando a través de esos pensadores del riesgo y de la liberación. Por eso, y entendiendo lo que escribes respecto del marxismo, con él, y a través del él, también reconfiguramos nuestra crítica del capitalismo neoliberal eludiendo la tentación esencialista y teleológica. Imagino que tu experiencia de Europa es compartida y distinta, porque cruza tu genealogía rioplatense, el exilio con sus pérdidas y sus descubrimientos, España que se vuelve anclaje y travesía biográfica, la tensión de lo dejado atrás y las novedades de la tierra de acogida, el psicoanálisis que no puede borrar, ni quiere en vos, su impronta porteña pero que se encontró con su letra francesa in situ, los desafíos de asumir la política entre dos orillas… Todo eso, y más, hacen a la riqueza de tú lectura de Europa, de sus tradiciones, de sus opacidades, de los debates que la siguen atravesando. Un modo anfibio, si me permitís esta metáfora, de articular el viejo y el nuevo continente. El exilio, lo sabemos y lo vivimos, abre y cierra, ofrece y quita, alumbra y oscurece, salva en medio del peligro más absoluto al precio de muchas veces inventarse otra vida. Mi ascendencia judía, hija de una diáspora milenaria, a la que le agrego algunos años fuera del país durante la dictadura, me hacen sentir una decidida proximidad, salvando las diferencias, respecto a tu experiencia.   

Aunque habrá que seguir esta conversación en torno a Europa y sus legados en nosotros, ahora quisiera destacar que me interesa e interpela una afirmación que haces en tu última carta, allí donde regresas sobre la cuestión primordial del Capitalismo y sus fallas, te cito: “El término síntoma, por motivos que entenderás perfectamente, me parece oportuno. El síntoma como lo que "no marcha" en el camino del Amo neoliberal. No se trata como lo señalas de un exterior al Capitalismo pero si de impulsar en la Historia aquello que lo revele en su contingencia histórica. Esa fue nuestra "intensidad única" que tuvimos la oportunidad de vivir y pensar: "el desquicio populista" cuando ontológicamente no es posible pensar aún una ontología exterior al Capitalismo o permanece innominado su exterior”. Es precisamente esa “Historia”, que escribes con mayúscula, la que nos sacudió y nos puso en movimiento cuando nada lo presagiaba en medio del océano neoliberal. Lo insospechado aconteció en estas latitudes. Un nuevo impulso, quizás no para ir más allá del capitalismo, pero sí para “revelar su contingencia histórica”, reconociendo sus límites y su caducidad, rompiendo el efecto ilusorio de su eternización. Eso es lo que no quiso, no pudo o no supo ver la “izquierda radical y autonomista”, tanto en Europa como en América Latina. Creyó ver en las experiencias democrático-populares más de lo mismo, otro rostro de la dominación, una retórica de la impostura. Ese es el núcleo, en principio, de nuestras diferencias insalvables con aquellos que prefirieron sostener y sostenerse en sus teorías “limpias”. A nosotros, Jorge, el populismo –nombrémoslo de este modo en homenaje a Ernesto Laclau, a su audacia teórica y a su compromiso político– nos tocó, abrió inquietudes y demandas, nos exigió releer nuestras viejas y nuevas lecturas sin ánimo de construir una dogmática en reemplazo de la anterior. Por eso no renunciamos a nuestras herencias y legados; seguimos interrogando lo que sigue incitando a la imaginación crítica y emancipada y no nos atrincheramos en autoctonías fallidas que recurren a esencialismos empobrecedores. Debemos y queremos discutir con las izquierdas y con las tradiciones nacional-populares.

    

Por esas extrañas lógicas de la vida histórica es en los momentos difíciles, cuando pesa la derrota y se expande la peligrosidad destructora de los dominadores de ayer y de hoy, cuando el pensamiento se vuelve más crítico y se abre a nuevas perspectivas. Siempre recuerdo una reflexión de un viejo y entrañable latinoamericanista, Richard Morse, que en un ensayo clásico, “Las ciudades periféricas como arenas culturales”, decía que en las geografías del margen y en los tiempos de decadencia era dónde y cuándo se aguzaba la imaginación crítica. También por eso, con los amigos de la revista Confines, les seguimos las pistas a los pensadores del riesgo, aquellos que, al decir de Reyes Mate, avistaron el fuego durante los años de la Europa de entreguerras y lograron pensar lo oscuro de su tiempo. “Allí donde crece el peligro, escribía el poeta, también crece lo que salva”. En todo caso, y una vez más, leer a contrapelo aquello que no podemos ni queremos dejar de leer. No extraviarnos en una falsa metáfora de “lo nacional” construida en detrimento de un cosmopolitismo del que también y fundamentalmente somos deudores. En todo caso, “lo nacional” se enriquece y se multiplica en espejo con lo cosmopolita y le otorga, a nuestra visión del mundo, la especificidad de la lengua propia, sus colores, sus memorias, sus abismos, sus demandas y sus sueños. En este sentido, por qué no, me siento borgeano.

 

Abrazo desde el sur que nos atraviesa,

Ricardo

 

Buenos Aires, 21 de diciembre de 2017

 

Referencias:

 

[1] N. Casullo, “Notas a pie de página de un siglo”, Pensamiento de los confines, No. 7, noviembre de 1999, págs. 11-38

 

[2] Ricardo Forster, “Escenas del siglo veinte”, Pensamiento de los confines, 7, noviembre de 1999, págs. 49-60.

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