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Debate: A propósito de “Discursos”, de Enrique y Roberto Samar

Discursos en torno a la cuestión indigenista

Juana Azurduy - Chelo Candia

Rodolfo Yanzón entabla en esta nota el debate en torno al texto publicado en el número 66 de La Tecl@ Eñe, Discursos, escrito por Enrique y Roberto Samar. Yanzón cuestiona la idea de justificación sobre la campaña liderada por Julio Roca, a la que los autores llaman “el primer genocidio del Estado Argentino contra los pueblos originarios” y refuta también la afirmación acerca de que en el siglo XIX no había un pensamiento único que despreciara al gaucho y al indígena e idealizara a Europa

 

Por Rodolfo Yanzón*

(para La Tecl@ Eñe)

En el número anterior de La Tecl@ Eñe se publicó una nota escrita por Enrique y Roberto Samar, Discursos, en la que aluden a mecanismos justificantes de la campaña liderada por Julio Roca, a la que llaman el primer genocidio del Estado Argentino contra los pueblos originarios. Dicen que en el siglo XIX no había un pensamiento único que despreciara al gaucho y al indígena e idealizara a Europa. Enfatizan la figura de Domingo F. Sarmiento como exponente emblemático del pensamiento proeuropeo y anti indígena, al que contraponen las ideas de Manuel Belgrano sobre una Patria Grande conducida por un Inca y el Reglamento de los pueblos de Misiones de diciembre de 1810, en el que hablaba de restitución de derechos.

 

Es necesario incorporar algunos elementos de nuestra historia porque el conflicto del choque entre culturas e intereses sucedió desde el mismo momento de la conquista. En 1515 Juan de Solís murió a manos de los charrúas. Sebastián Gaboto fue convencido por los sobrevivientes de las enormes riquezas que reportaría la región y en 1527 erigió el primer establecimiento en lo que hoy es la Argentina.

 

Los primeros encuentros fueron conocidos a partir de las crónicas de expedicionarios, como el alemán Ulrico Schmidl, que vino con Pedro de Mendoza y confirmó el mito del nuevo continente, aquel del oro y la abundancia, de bestias desconocidas y bosques interminables. Alvar Nuñez se convirtió en el primer europeo en llegar a las cataratas del Iguazú en tierras guaraníes. Ruy Díaz de Guzmán, nacido en Asunción, hijo de español y de guaraní, poco aludió a su origen indígena, porque esos relatos tenían por objeto hacer conocer el nuevo mundo pero también afirmarse y asumirse, aún siendo criollo con sangre india, como parte de la cultura europea.

 

En medio de la disputa por el territorio entre españoles y portugueses se hallaban las misiones jesuíticas en las que vivían y trabajaban numerosos guaraníes que aprendieron el idioma, el uso de herramientas y el de armas. Prestaron su colaboración en distintos episodios bélicos y a fines del siglo XVIII protagonizaron las guerras guaraníticas contra la alianza de españoles y portugueses que buscaban quedarse con el territorio de las misiones. En 1537 Domingo Martínez de Irala fundó Asunción, desde la que luego partieron numerosas expediciones. Como la de Juan de Garay que fundó Santa Fe en 1573 y Buenos Aires en 1580. Como parte de una historia forjada entre la integración y el enfrentamiento, en esas acciones formaron parte muchos indígenas mientras otros asediaron los asentamientos con sus malones.

 

A lo largo de la historia el discurso sobre la cuestión indígena estuvo imbricado por intereses coyunturales que representaron quienes manejaron los destinos del continente, jesuitas, criollos, portugueses y españoles, tanto desde el Perú como los que llegaron vía río de la Plata. David Viñas sostiene que cuando prevaleció el discurso antihispano, en plena época independentista, se denunció la situación de los indios –sobre todo guaraníes- para buscar su apoyo y que se incorporasen a los ejércitos del norte; entre otras cuestiones, porque la soldadesca de los realistas también se nutría de ellos. Imposible soslayar en ese contexto las denuncias de Mariano Moreno sobre las condiciones inhumanas de los indios en el Potosí, las palabras de José de San Martín sobre nuestros hermanos los indios, o las de Simón Bolívar acerca de su necesaria libertad y el reparto de tierras. O la proclama de Tiahuanaco de Juan José Castelli, del 25 de mayo de 1811, en la que mandó a hacer cesar todo abuso contra los nativos, establecer escuelas y repartir tierras “siempre que sus virtudes y talentos los hagan dignos de la consideración del gobierno”. Era el gobierno revolucionario el que decidía. Si San Martín y Belgrano pensaron en un rey Inca, fue para hacer frente a las presiones del absolutismo europeo en plena recomposición.

 

La primera gran campaña contra los indígenas luego de la revolución de mayo fue la de Juan Manuel de Rosas en 1833, realizada con la aprobación de la legislatura y el apoyo económico de los estancieros que, teniendo a la ganadería como norte, decidieron extender sus fronteras. El plan fue cargar sobre los indios, matar a los rezagados, empujarlos hacia un punto central y atacarlos. El mismo Rosas lo reconoció en una carta a Facundo Quiroga, que formó parte de la campaña. “La expedición a los desiertos del Sud del año 33 engrandeció la Provincia y aseguró sus propiedades” decía su medalla. Lo llamaron Héroe del Desierto. 20 mil indios habían sido exterminados. La alianza entre ejército y oligarquía ganadera, que terminó ganando la disputa erigiéndose en república conservadora, tuvo en Rosas a uno de sus más fieles representantes. Es el mismo Roca quien reconoció en 1873 que era cuestión de seguir sus pasos.

 

Es que luego de 1830, ya vencida y retirada España, el indígena volvió a ser un enemigo implacable que ponía en riesgo la vida y la hacienda del huinca. A partir de que fuera vencida la resistencia de los indígenas en la Patagonia y en el Gran Chaco, la aculturación y la discriminación fueron parte del proceso de integración a un Estado en consolidación. Se los denominaba extranjeros, chilenos, para desposeerlos. Pero a partir de 1880 la escuela y la enseñanza libre inculcaron el nacionalismo, el discurso oficial los argentinizó para hacer frente a los reclamos territoriales de Chile.

 

La campaña de Roca sólo fue la culminación de un proceso. La noción de desierto fue utilizada por los estancieros que clamaban por más tierras para sus vacas, lo que finalmente consiguieron, sobre todo al ser derrotadas las ideas de Domingo F. Sarmiento, que en 1873 presentó un proyecto de colonización de tierras para la actividad agrícola, convencido de la necesidad de progresar a través de la educación del pueblo y de generar actividad económica que permitiera construir una sociedad igualitaria y educada en la vida cívica, en lugar de estar disciplinada por el rebenque del patrón. Las experiencias agrícolas de San Juan y Mendoza fueron sus modelos –además de la experiencia norteamericana-, de donde rescataba las virtudes de los indios huarpes sobre riego artificial y cultivo de maíz. En el resto del territorio predominaba la vida pastoril. En ese marco, el acceso a la tierra pública a precios razonables y la generación de colonias agrícolas era la única forma de terminar con la política de las vacas. La prueba piloto fue Chivilcoy. Fue Sarmiento quien condenó el reparto de tierras entre estancieros y militares cohesionando el latifundio, una de cuyas expresiones fue la Sociedad Rural Argentina. Sus enemigos, los grandes hacendados, los que solventaron las campañas de Rosas y de Roca. Pero ganó el latifundio. La pacificación de la Araucaria en Chile fue la otra cara del avance sobre la Patagonia y la incorporación de las tierras a la estructura económica del otro Estado moderno en plena expansión y consolidación. 

 

*Abogado- Fundación Liga por los Derechos Humanos.

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