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Las palabras traviesas

El jefe del Vaticano, nuestro compatriota coronado como Francisco, ha pedido perdón por los abusos sexuales cometidos por los sacerdotes pedófilos. Ha dicho que son "bastantes". Pero, ¿cuántos son bastantes? ¿Existen estadísticas de esta aberración cometida en perjuicio de niños, niñas y jóvenes en nombre del supuesto amor cristiano? Otra vez, la ambigüedad, una marca ancestral en las declaraciones y actitudes de la jerarquía católica, que tiñe de gris un gesto que, en principio, es saludable y refrescante.

 

Por Julio Rudman*

(Especial para La Tecl@ Eñe)

No hay caso. Uno trata de ponerles buena voluntad, de observar lo que hacen y cubrirlos con un manto de piedad (esa virtud que tanto pregonan desde hace milenios) e ingenuidad, pero siempre, o casi, se encargan de poner las cosas en su lugar (en su lugar de ellos, como dicen los mejicanos)

 

El jefe del Vaticano, la monarquía vigente más antigua de Occidente, nuestro compatriota Jorge Bergoglio, coronado como Francisco, ha pedido perdón por los abusos sexuales cometidos por los sacerdotes pedófilos. Enhorabuena. Ha dicho que son "bastantes". La primera de las palabras traviesas de este textículo que pretende serlo también. ¿Cuántos son bastantes? No sé si existen estadísticas de esta aberración cometida en perjuicio de niños, niñas y jóvenes en nombre del supuesto amor cristiano. La ambigüedad, una marca ancestral en las declaraciones y actitudes de la jerarquía católica, aparece otra vez para teñir de gris un gesto que, en principio, es saludable y refrescante. Basta recordar las sucesivas declaraciones del Episcopado argentino respecto del comportamiento vergonzoso de cardenales, obispos y demás miembros del escalafón mayor de la Iglesia en épocas del genocidio y el terrorismo de Estado, mientras sigue cobijando en su seno a Christian von Wernich, el capellán condenado a perpetua por su participación activa en delitos de lesa humanidad.

 

Es que he encontrado tres acepciones del término "bastante". El primero dice que es "lo que basta, suficiente" Entonces, la cantidad de curas abusadores, ¿es suficiente? Y en todo caso, ¿suficiente para qué? ¿Sólo para pedir perdón a las víctimas e indemnizarlas económicamente y no para buscar las medidas que puedan impedir o prevenir que se sigan cometiendo estas perversiones de sotana?

 

La segunda definición es más escueta. Dice: "No poco". Bastante es no poco. (Esa construcción gramatical suena conocida. Trae reminiscencias de un pusilánime que no se animó a decir "Negativo" y se atornilló a su silla con un plato de hipocresía y los cubiertos de la traición). ¿Cuántos de estos delincuentes son no pocos? Sobre un total de más de mil doscientos millones de súbditos de la monarquía celestial en cuestión, ¿diez, cien, mil, diez mil, cien mil, son no pocos? La maldad, la impiedad, la barbarie moral de uno sólo, ¿no es suficiente para pedirle perdón al rebaño entero y empezar a corregir las concepciones atávicas y cavernícolas que tiene esta iglesia acerca de la sexualidad y el cuerpo humano?

 

La tercera, que no siempre es la vencida, parece salida más de un Manual de Digoperonodigo que de un diccionario de nuestra lengua. Bastante es, dice, "Ni mucho ni poco, regular". Y aquí sí que el muy porteño Papa tendría que explicarnos cómo hace para saber si Julio Grassi, el sentenciado cura de la Fundación "Felices los Niños", es soldado divino de la categoría de los Muchos o de los Pocos. Si su conducta malévola es considerada regular. O si es regular el número de sus víctimas, manoseadas al amparo de las donaciones benéficas de ricos y famosos de la sociedad. Al menos, de "bastantes" miembros de la oligarquía, la farándula y el chetaje argentino. Y, una vez más, el show de los medios, relamiéndose a tantos dólares por segundo televisivo vendido.

 

Para rematar el acertijo Bergoglio puso su mejor cara de jesuita y lanzó "Con los chicos no se juega". Todos entendemos qué quiso decir con esta muletilla, pero el castellano, aunque rime con Vaticano, tiene su costado pícaro, travieso, juguetón, para tomarle el pulso oral al pontífice. El asunto es que con los chicos sí se juega. Es más, lo único luminoso (si quien esto escribe fuese creyente diría sagrado) que se debe hacer con los chicos es darle la felicidad de jugar desde que sus ojos se asoman al día hasta que el sueño los llama y, si es posible, que sigan jugando dormidos para que la sonrisa los acompañe siempre. Ya tendrán tiempo de enfrentar los tormentos, las obligaciones, las responsabilidades y hasta el horror de conocer a seres monstruosos como los Grassi y los von Wernich, los Videla y los Tortolo. El tema es, y seguirá siendo siempre, a qué se juega y para quién lo que se juega es lúdico o morboso y perverso.

 

Aunque Francisco parece el más terrenal de los Papas, al menos desde Juan XXIII para acá (basta recordar sus dichos respecto de divorciados, homosexuales y su instigación a hacer lío en las diócesis), a veces lo traiciona su jesuitismo, si se me permite el término. Ojo, que el tipo no me cae mal. Me cae mejor como Jefe de Estado desde el ombligo de Roma que como Arzobispo de la CABA (Ciudad Autista de Buenos Aires). Por lo menos, lo veo lejos de especímenes como el franquista y filonazi Eugenio Pacelli, pero todavía no a la altura histórica de Angelo Roncalli ni del asesinado Albino Luciani.

 

Recuerdo que en setiembre de 2011, George Ratzinger, el hermano mayor del decrépito y reaccionario Benedicto XVI, declaró a la revista alemana "Bunte" (Color, en nuestra lengua) que el entonces Papa no se había enamorado nunca. Y lo dijo con orgullo, como si la aridez de una vida sin amor fuese un valor positivo, un signo de superioridad humana y un síntoma de divinidad. Para cualquiera que esté en sus cabales "la vida no vale nada" sin un ser amado compartiendo las calles de la historia, los lechos de cualquier hora del día y los mensajes luminosos del contacto de la piel.

 

Hacer de semejante atrofia vital un mérito es, por lo menos, digno de un paciente psiquiátrico ambulatorio en estado preocupante. Amor, otra palabra traviesa que desnuda el hilo conductor entre un pontífice del pasado y otro que pretende poner a la Iglesia católica universal en el tren de la modernidad.

 

*Periodista

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